Ya estamos otra vez aquí, en el maldito Enero de cada año. Que si para el resto de los mortales tiene una cuesta, para los estudiantes universitarios esa cuesta se convierte en montaña y, a veces en cordillera.
Pero esta vez no voy a quejarme de lo mismo de todos los Eneros desde que decidí meterme a jurista: del agobio, de la falta de horas, del exceso de folios o de cafeína, o del inmenso esfuerzo que conlleva conseguir la victoria. Porque alguien me enseñó que a todo hay que sacarle un lado bueno y que, aunque a veces tu propia naturaleza te lo impida, hay que intentar ver el vaso medio lleno.
Y en este caso, lo bueno de pasar horas bajo el flexo, metida todo el dia en esa biblioteca a la que estoy robándole el color, son los minutos que paso lejos de él, o fuera de ella, aunque sean escasos. Minutos de descanso bibliotecario en el que sólo digo incoherencias y estupideces que hacen que riamos a más no poder ante innumerables sinsentidos. Minutos de planear el “después de…”. Minutos de zollo, de buche, de “me he quedao ciega!”, de “eres una agonía”, y de “que harta me tienes”. Todos esos minutos que cuando ya los exámenes vuelan hasta más ver, no aprecio, y que en realidad son felicidad en pequeñas dosis.
No hay comentarios:
Publicar un comentario