Cada noche pienso en el miedo que me da volver a encontrarte. Saber que puedes aparecer en cualquier momento o en cualquier esquina, me desvela.
Todavía tengo en mi boca el sabor amargo de nuestro último encuentro, el día en el que toda tu luz acabó por cegarme. Tengo siempre presente las miles de noches en las que fuiste mi única compañía, porque, a pesar del oscuro espiral al que estabas lanzándome, nunca dejé de aferrarme a ti, incluso cuando te fuiste y la apatía empezó a adueñarse de mi.
Pero entonces, cuando menos lo espero, aparece una nueva sonrisa, una nueva inicial y todo lo pasado se transforma en fortaleza que empuja a esa olvidada voz de mi interior que te grita: vuelve, vuelve, vuelve...
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